En el artículo anterior hablamos de la educación como camino de emancipación, de esa posibilidad que tiene la escuela de formar personas capaces de pensar, decidir y transformar su realidad. Pero esa idea, aunque inspiradora, tropieza con una tensión profunda que atraviesa toda la historia educativa: la tensión entre obedecer y transformar.
Porque si algo caracteriza a la escuela moderna —en Colombia y en buena parte del mundo— es su ambivalencia: fue creada para educar al ciudadano, pero también para disciplinar al sujeto. En ella se nos enseña a leer y escribir, pero también a callar en el momento indicado. Se nos invita a pensar, pero dentro de los límites de lo permitido. La escuela es, al mismo tiempo, promesa de libertad y dispositivo de control.
La escuela que nació para ordenar el mundo
A mediados del siglo XIX, cuando en Colombia se consolidaba el modelo republicano, la escuela se convirtió en el gran laboratorio del orden social. Tenía que civilizar, moralizar y producir ciudadanos obedientes a la ley. El aula se organizó como una pequeña fábrica: filas, horarios, campanas, uniformes, inspecciones. Cada gesto, cada silencio, cada tarea servía para enseñar algo más que contenidos: enseñaba cómo comportarse dentro de un sistema.
Michel Foucault lo explicó con precisión, decía que las instituciones modernas —la escuela, el cuartel, la cárcel, el hospital— tienen una estructura similar: vigilan, clasifican, corrigen. No lo hacen por maldad, sino porque fueron creadas para garantizar la disciplina de los cuerpos y las mentes. La escuela enseña a “estar en su puesto”, a seguir instrucciones, a no salirse de la línea. La escuela se volvió el escenario perfecto para ese control “amable”: no hay látigos, pero sí jerarquías invisibles; no hay barrotes, pero sí timbres que marcan el ritmo de la obediencia.
En Colombia, se reprodujo esta lógica: un maestro vigilante, un estudiante que escucha, un currículum diseñado para garantizar uniformidad. La autoridad se entendía como orden, y el orden como virtud. Además, esto se refuerza con una historia atravesada por la desigualdad: para los más pobres, la escuela debía garantizar docilidad; para los más privilegiados, liderazgo. A muchos niños se les educó para obedecer, no para decidir.
Pero ese proyecto disciplinario nunca ha sido total. Siempre ha habido grietas. En cada generación aparecen maestros y estudiantes que entienden que la educación puede ser otra cosa: un ejercicio de libertad, no de domesticación.
Cuando la obediencia se confunde con “educación”
Todavía hoy, esa herencia se nota en muchas prácticas cotidianas. El estudiante ejemplar es quien no interrumpe, el buen grupo es el que se mantiene en silencio, la buena escuela es la que “se ve organizada” desde afuera. Es la herencia de una educación donde pensar diferente es sinónimo de desobedecer.
En muchos colegios, incluso los más modernos, sigue existiendo una rutina invisible: el timbre que marca cada movimiento; la fila que enseña a esperar órdenes; la clase que empieza con “saquen una hoja”; la evaluación que premia la repetición.
Es una coreografía de obediencia tan naturalizada que cuesta verla. Pero cuando un estudiante pregunta “¿por qué?”, cuando se atreve a cuestionar una norma injusta, cuando propone cambiar una actividad, está haciendo algo mucho más profundo que portarse mal: está ejerciendo autonomía.
Llamamos “formación en valores” a lo que muchas veces no es más que adiestramiento en la docilidad. Se premia la puntualidad mecánica, pero no la curiosidad; se sanciona el error, pero no la injusticia. En esa lógica, la educación se convierte en una especie de ballet disciplinario donde todos se mueven coordinados, pero pocos piensan hacia dónde van.
Sin embargo, incluso dentro de esa coreografía, aparecen fisuras. Cada vez que un estudiante pregunta “¿por qué?”, cada vez que un maestro decide cambiar la rutina para debatir un problema real del barrio, algo se fractura en el viejo orden de la obediencia. Y allí empieza la posibilidad de una educación diferente.
El aula como espacio de resistencia y creación
Paulo
Freire, en Pedagogía del oprimido, insistía en que la educación no puede
ser neutral: o sirve para domesticar o sirve para liberar. Nos recordó que
enseñar no es llenar cabezas, sino despertar conciencia. La educación puede ser
un acto de liberación si cambia la dirección de la mirada: de la obediencia al
diálogo, del miedo a la participación. Su crítica a la “educación bancaria”
—esa que deposita conocimientos como monedas— sigue teniendo plena vigencia.
Una educación emancipadora no pide sumisión, pide diálogo. No busca respuestas correctas, sino preguntas que incomoden. En lugar de preguntar “¿quién me obedece?”, un maestro emancipador se pregunta “¿quién se atreve a pensar?”.
En muchos lugares de Colombia ya se ven señales de esa transformación silenciosa: escuelas donde los estudiantes construyen con sus maestros las normas de convivencia; clases donde se debaten los conflictos del territorio y se proponen soluciones colectivas; docentes que integran el arte, la memoria o la investigación comunitaria como ejes de aprendizaje.
Son pequeños actos de rebeldía pedagógica, pero también de confianza: el maestro que entrega la palabra, el estudiante que asume la responsabilidad de pensar, gestos que devuelven la palabra, que desactivan la jerarquía, que recuerdan que enseñar también puede ser un acto de confianza. Ahí la escuela deja de ser fábrica y se convierte en taller de humanidad.
Entre la obediencia y la autonomía: el dilema sigue abierto
La escuela puede ser el lugar donde aprendemos a obedecer sin pensar… o el lugar donde aprendemos a pensar sin miedo. Todo depende de las decisiones cotidianas: de si evaluamos para controlar o para comprender, de si enseñamos para repetir o para crear, de si formamos para el trabajo o para la vida digna.
No se trata de abolir toda norma ni de convertir el aula en un caos romántico. La disciplina puede ser necesaria, pero debe estar al servicio de la autonomía, no de la sumisión. El orden tiene sentido solo cuando abre caminos, no cuando los cierra. Porque el dilema no es nuevo, pero sigue vigente: cada día, cada clase, la escuela elige entre reproducir o transformar.
El verdadero dilema de la escuela contemporánea no es entre autoridad o libertad, sino entre autoritarismo o responsabilidad compartida. Porque educar también es enseñar a decidir, a discernir, a asumir consecuencias. Y en esa elección —silenciosa pero trascendental— se juega el futuro de una educación verdaderamente libre.
La pregunta sigue siendo vigente:
¿Formamos estudiantes que sepan seguir instrucciones o ciudadanos capaces de construir nuevas rutas?
Hacia el siguiente paso: reconocer el poder que habita la escuela
En el fondo, esta tensión entre obedecer y transformar nos conduce a un punto más profundo: la escuela es un espacio de poder. Un poder que puede controlar o liberar, excluir o incluir, silenciar o amplificar voces.
Ese será el tema del próximo artículo: La escuela nunca es neutral.Allí exploraremos cómo cada decisión —desde el currículo hasta el tono de voz de un maestro— expresa una posición frente al poder y la sociedad.
Porque emanciparse, en el fondo, empieza por reconocer el poder que ejercemos y el que permitimos ejercer sobre nosotros.
