domingo, 15 de agosto de 2010

¿Qué es educar?(1)

Transcribo este escrito de Humberto maturana para la reflexión sobre la educación. Aunque en algunos apartes el autor se refiere a Chile, se puede realizar una mirada a cualquier país.

El educar se constituye en el proceso en el cual el niño o el adulto convive con otro y al convivir con el otro se transforma espontáneamente, de manera que su modo de vivir se hace progresivamente más congruente con el del otro en el espacio de convivencia. El educar ocurre, por lo tanto, todo el tiempo; de manera recíproca, como una transformación estructural contingente a una historia en el convivir en el que resulta que las personas aprenden a vivir de una manera que se configura según el convivir de la comunidad donde viven. La educación como “sistema educacional” configura un mundo y los educandos confirman en su vivir el mundo que vivieron en su educación. Los educadores, a su vez, confirman el mundo que vivieron al ser educados en el educar.

La educación es un proceso continuo que dura toda la vida y que hace de la comunidad donde vivimos un mundo espontáneamente conservador en lo que al educar se refiere. Esto no significa, por supuesto, que el mundo del educar no cambie, pero sí, que la educación, como sistema de formación del niño y del adulto, tiene efectos de larga duración que no se cambian fácilmente. Hay dos épocas o períodos cruciales en la historia de toda persona que tienen consecuencias fundamentales para el tipo de comunidad que ellos traen consigo en su vivir. Estos son la infancia y la juventud. En la infancia, el niño vive el mundo en que se funda su posibilidad de convertirse en un ser capaz de aceptar y respetar al otro desde la aceptación y respeto de sí mismo. En la juventud, se prueba la validez de ese mundo de convivencia en la aceptación y respeto por el otro desde la aceptación y respeto por sí mismo en el comienzo de una vida adulta social e individualmente responsable.

Como vivamos, educaremos, y conservaremos en el vivir el mundo que vivamos como educandos. Y educaremos a otros con nuestro vivir con ellos el mundo que vivamos en el convivir.

Pero ¿qué mundo queremos?

Yo quiero un mundo en el que mis hijos crezcan como personas que se aceptan y respetan a sí mismas, aceptando y respetando a otros en un espacio de convivencia en que los otros los aceptan y respetan desde el aceptarse y respetarse a sí mismos. En un espacio de convivencia de esa clase, la negación del otro será siempre un error detectable que se puede y se quiere corregir. ¿Cómo lograrlo? Eso es fácil: viviendo ese espacio de convivencia.

Vivamos nuestro educar, de modo que el niño aprenda a aceptarse y a respetarse a sí mismo al ser aceptado y respetado en su ser, porque así aprenderá a aceptar y respetar a los otros. Para hacer esto debemos reconocer que no se es de ninguna manera trascendente, pero que se deviene en un continuo ser cambiante o estable pero no absoluto o necesariamente para siempre. Todo sistema es conservador en lo que le es constitutivo o se desintegra. Si decimos que un niño es de una cierta manera: bueno, malo, inteligente o tonto, estabilizamos nuestra relación con ese niño de acuerdo a lo que decimos, y el niño, a menos que se acepte y respete a sí mismo, no tendrá escapatoria y caerá en la trampa de la no aceptación y el no respeto a sí mismo porque sólo podrá ser algo dependiente de lo que surja como niño bueno, o malo, o inteligente, o tonto, en su relación con nosotros. Y si el niño no puede aceptarse y respetarse a sí mismo, no puede aceptar y respetar al otro. Temerá, envidiará o despreciará al otro, pero no lo aceptará ni respetará; y sin aceptación y respeto por el otro como un legítimo otro en la convivencia, no hay fenómeno social. Veamos qué es el aceptarse y respetarse a sí mismo.

Hace algunos días una amiga mía me contó una conversación que tuvo con su hija invitándome a un comentario. Su relato fue así: “Tuve una conversación con mi hija (Juanita, de ocho años) quien me dijo: _ Mamá, tú no me conoces a mí.- ¿Cómo es eso, Juanita, cómo es que yo no te conozco? –Mamá, tú no me conoces porque no sabes que yo soy una persona feliz y libre”. Al escuchar este relato mi reflexión fue la siguiente: “Amiga mía, creo que comprender lo que Juanita dice cuando expresa que es feliz es relativamente fácil y no diré nada más. Es sobre qué es ser libre que quiero decir algo. Juanita no habla desde la razón, ella habla desde la emoción, y desde la emoción lo que ella dice es que no se siente culpable de sus actos. Para que ella no se sienta culpable de sus actos, ella tiene que vivirlos desde su legitimidad, porque no se siente negada en su relación contigo y se acepta a sí misma. Juanita no piensa o siente que tiene que cambiar, no piensa o siente que ella está mal. Al mismo tiempo se respeta a sí misma y no se disculpa por lo que hace; es decir, actúa sin hacer esa reflexión, desde su propia legitimidad. Te felicito, como mamá eres una persona que no niegas a tu hija ni con exigencias ni castigos, y la dejas vivir el devenir, en el amor que la constituye como ser social.

Repito: sin aceptación y respeto por sí mismo uno no puede aceptar y respetar al otro, y sin aceptar al otro como un legítimo otro en la convivencia, no hay fenómeno social.

Más aún, el niño que no se acepta y respeta a sí mismo no tiene espacio de reflexión porque está en la continua negación de sí y en la búsqueda ansiosa de lo que no es ni puede ser.

¿Cómo podría el niño mirarse a sí mismo si lo que ve no es aceptable, y lo sabe porque así se lo han hecho ver los adultos desde los padres a los profesores? ¿Cómo podría el niño mirarse a sí mismo si ya sabe que siempre está mal porque no es lo que debe ser o es lo que no debe ser? Si la educación chilena no lleva a que los niños y niñas chilenos se acepten y respeten aceptando y respetando a los demás al ser aceptados y respetados, está mal y no sirve a Chile.

Pero la aceptación de sí mismo y el autorespeto no se dan si el quehacer de uno no es adecuado al vivir. ¿Cómo puedo aceptarme y respetarme a mí mismo si lo que sé, es decir, si mi hacer, no es adecuado a mi vivir y, por lo tanto, no es un saber en el vivir cotidiano sino en el vivir literario de un mundo ajeno? Si el hacer que los niños de Chile aprendan no es un hacer en el espacio de vida cotidiana del niño chileno en el Chile que vive, la educación chilena no sirve a Chile.

¿Cómo puedo aceptarme y respetarme a mí mismo si estoy atrapado en mi hacer (saber) porque no he aprendido un hacer (pensar) que me permite aprender cualquier otro quehacer al cambiar mi mundo si cambia mi vivir cotidiano? Si la educación en Chile no lleva al niño chileno a un quehacer (saber) que tiene que ver con su vivir cotidiano de modo que pueda reflexionar sobre su quehacer y cambiar de mundo sin dejar de respetarse a sí mismo y al otro, la educación en Chile no sirve a Chile.

¿Cómo puedo aceptarme y respetarme a mí mismo si el valor de lo que hago se mide con respecto al otro en la continua competencia que me niega y niega al otro, y no por la seriedad y responsabilidad con que lo realizo? Si la educación en Chile estimula la competencia y la negación de sí mismo y del otro que trae consigo, la educación en Chile no sirve a Chile.

¿Es difícil educar para la aceptación y el respeto de sí mismo que lleva a la aceptación y respeto por el otro así como a la seriedad en el quehacer? No, pero sí requiere que el profesor o profesora sepa como interactuar con los niños y niñas en un proceso que no los niega o castiga por la manera de aparecer en la relación o porque no aparecen como las exigencias culturales dicen que deben ser, y lo que pueden hacer porque se respetan a sí mismos y al otro.

Lo central en la convivencia humana es el amor, las acciones que constituyen al otro como un legítimo otro en la realización del ser social que viven en la aceptación y respeto por sí mismo tanto como en la aceptación y respeto por el otro. La biología del amor se encarga de que esto ocurra como un proceso normal si se vive en ella. Pero, ¿cómo se obtiene en la educación la capacidad de acceder a cualquier dominio del conocer (hacer)? ¿Se requiere acaso saberlo todo desde el comienzo? No; no se requiere saberlo todo desde el comienzo, pero sí, se requiere señorío reflexivo en el mundo en el que uno vive; respeto y aceptación de sí y de los otros en la ausencia de urgencia competitiva. Si he aprendido a conocer y a respetar mi mundo, sea este el campo, la montaña, la ciudad, el bosque o el mar; no ha negarlo o a destruirlo, y he aprendido a reflexionar en la aceptación y respeto por mí mismo, puedo aprender cualquier hacer.

Si la educación en Chile no lleva al niño al conocimiento de su mundo en el respeto y la reflexión, no sirve a los chilenos ni a Chile.

Si la educación en Chile lleva a aspiraciones que desvalorizan lo propio invitando a un quehacer ajeno a lo cotidiano en la fantasía de lo que no se vive, la educación en Chile no sirve ni a Chile ni a los chilenos.

La ambición puede ocasionalmente llevar a la riqueza o al éxito individual, pero no lleva a la transformación armónica del mundo en la sabiduría de una convivencia que no genera ni pobreza ni abuso.

Lo dicho es también válido para la educación del adolescente. El adolescente moderno aprende valores, virtudes que debe respetar, pero vive en un mundo adulto que las niega. Se predica el amor pero nadie sabe en qué consiste porque no se ven las acciones que los constituyen y se lo mira como expresión de un sentir. Se enseña a desear la justicia pero los adultos vivimos en el engaño.

La tragedia de los adolescentes es que comienzan a vivir un mundo que niega los valores que se les enseñó. El amor no es un sentimiento, es un dominio de acciones en las cuales el otro es constituido en un legítimo otro en la convivencia. La justicia no es un valor trascendente o un sentimiento de legitimidad, es un dominio de acciones en el cual no se usa la mentira para justificar las propias acciones o las de el otro.

Si la educación media y superior en Chile se fundan en la competencia, en la justificación engañosa de ventajas y privilegios, en una noción de progreso que aleja a los jóvenes el conocimiento de su mundo limitando su mirada responsable hacia la comunidad que lo sustenta, la educación media y superior de Chile no sirve a Chile ni a los chilenos.

Si la educación media y superior nos invita a la apropiación, a la explotación del mundo natural y no a nuestra coexistencia armónica con él, esa educación no sirve ni a Chile ni a los chilenos.

En fin, la responsabilidad se da cuando nos hacemos cargo de si queremos o no las consecuencias de nuestras acciones; y la libertad se da cuando nos hacemos cargo de si queremos o no nuestro querer o no querer las consecuencias de nuestras acciones. Es decir, responsabilidad y libertad surgen en la reflexión que expone nuestro quehacer en el ámbito de las emociones a nuestro quererlas o no quererlas en un proceso en el cual no podemos sino darnos cuenta de que el mundo en que vivimos depende de nuestro deseos. Si la educación en Chile no lleva a los jóvenes chilenos a la responsabilidad y libertad de ser cocreadores del mundo en que viven porque limita la reflexión, la educación en Chile no sirve ni a Chile ni a los chilenos.

¿Para qué educar?

A veces hablamos como si no hubiese alternativa a un mundo de lucha y competencia, y como si debiésemos preparar a nuestros niños y jóvenes para esa realidad. Tal actitud se basa en un error y genera un engaño.

No es la agresión la emoción fundamental que define lo humano, sino el amor, la coexistencia en la aceptación del otro como un legítimo otro en la convivencia. No es la lucha el modo fundamental de relación humana, sino la colaboración. Hablamos de competencia y lucha creando un vivir en competencia y lucha no sólo entre nosotros sino con el medio natural que nos posibilita. Así se habla de que los humanos debemos luchar y vencer las fuerzas naturales para sobrevivir. Esto no es así. La historia de la humanidad en la guerra, en la dominación que somete y en la apropiación que excluye y niega al otro se origina con el patriarcado. En Europa, que es nuestra fuente cultural, antes del patriarcado se vivía en la armonía con la naturaleza, en el goce de la congruencia con el mundo material, en la maravilla de su belleza, no en la lucha con ella.

¿Para qué educar? Para recuperar esa armonía fundamental que no destruye, que no explota, que no abusa, que no pretende dominar el mundo natural, sino que quiere conocerlo en la aceptación y respeto para que el bienestar humano se dé en el bienestar de la naturaleza en que se vive. Para esto hay que aprender a mirar y escuchar sin miedo a dejar de ser al dejar ser al otro en armonía, sin sometimiento. Yo quiero un mundo en que respetemos al ser natural que nos sustenta, un mundo en el que se devuelva lo que se toma prestado de la naturaleza para vivir. En el ser seres vivos somos seres autónomos, en el vivir no lo somos.

Quiero un mundo en el que se acabe la expresión recurso natural, y reconozcamos que todo proceso natural es cíclico y que si interrumpimos su ciclo, se acaba. En la historia de la humanidad, los pueblos que no han visto esto se han destruido a sí mismos en el agotamiento de sus llamados recursos naturales. El progreso no está en la continua complicación o cambio tecnológico sino en el entendimiento del mundo natural que permite recuperar la armonía y belleza de la existencia en él desde su conocimiento y respeto. Pero para ver el mundo natural y aceptarlo sin pretender dominarlo ni negarlo, debemos aprender a aceptarnos y respetarnos a nosotros mismos, como individuos y como chilenos.

Una educación que no nos lleva a los chilenos a aceptarnos y respetarnos como individuos y chilenos en la dignidad de quien conoce, acepta y respeta su mundo en la responsabilidad y libertad de la reflexión, no sirve a Chile ni a los chilenos.

Jesús era un gran biólogo. Cuando el habla de vivir en el reino de Dios, habla de vivir en la armonía que traen consigo el conocimiento y respeto al mundo natural que nos sustenta, y que permite vivir en él sin abusarlo ni destruirlo. Para esto debemos abandonar el discurso patriarcal de la lucha y la guerra, y volcarnos al vivir matrístico del conocimiento de la naturaleza, del respeto y la colaboración en la creación de un mundo que admite el error y puede corregirlo. Una educación que nos lleve a actuar en la conservación de la naturaleza, a entenderla para vivir con ella sin pretender dominarla, una educación que nos permita vivir en la responsabilidad individual y social que aleja el abuso y trae consigo la colaboración en la creación de un proyecto nacional en el que el abuso y la pobreza son errores que se pueden corregir y se quieren corregir, sí sirve a Chile y a los chilenos.

¿Qué hacer? No castiguemos a nuestros niños por ser, al corregir sus acciones. No desvaloricemos a nuestros niños en función de lo que no saben, valoricemos su saber. Guiemos a nuestros niños hacia un hacer que tiene que ver con un mundo cotidiano e invitémoslos a mirar lo que hacen, y sobre todo no los llevemos a competir.

[1] Humberto Maturana (1992), Emociones y Lenguaje en Educación y Política, Hachette/CED, Quinta Edición, Chile.

domingo, 27 de junio de 2010

La falibilidad de la ciencia

UN ARTÍCULO RECIENTE EN EL COrriere della Sera discutía la naturaleza de la investigación científica.

El escritor Angelo Panebianco argumentaba que la ciencia es, por definición, antidogmática, ya que procede por el experimento y el error y está basada en el principio de la falibilidad, la cual sostiene que el conocimiento humano nunca es absoluto y se encuentra en flujo constante. La ciencia sólo se torna dogmática, asegura Panebianco, en el contexto de ciertas simplificaciones periodísticas que transforman lo que habían sido hipótesis prudentes en “verdades” establecidas.

La ciencia, empero, también corre el riesgo de hacerse dogmática cuando deja de cuestionar el paradigma aceptado de una cultura o edad particulares. Sea que sus ideas estén basadas en las de Darwin, Einstein o Copérnico, todos los científicos siguen un paradigma para eliminar teorías que surgen fuera de sus órbitas - como la creencia de que el sol gira en torno a la Tierra.

¿Cómo podemos conciliar la dependencia de la comunidad científica en los paradigmas con el hecho de que la innovación real ocurre sólo cuando alguien logra crear dudas sobre las ideas dominantes de la época? ¿Acaso la ciencia no se está comportando dogmáticament cuando se atrinchera tras los muros de un paradigma favorecido con el fin de defender su poder, y califica de herejes a quienes desafían su autoridad?La pregunta reviste importancia. ¿Deben ser siempre defendidos o cuestionados los paradigmas? Una cultura (entendida como un sistema de costumbres y creencias heredadas que son compartidas por un grupo específico) no es meramente una acumulación de datos; es también el resultado de la filtración de datos. Cualquier cultura dada es capaz de deshacerse de lo que no encuentra útil o necesario – la historia de la civilización está construida sobre información que ha sido enterrada y olvidada.

En su cuento corto de 1942, “Funes el memorioso”, Jorge Luis Borges nos habla de una persona que recuerda todo: cada hoja de cada árbol, cada ráfaga de viento, cada oración, cada palabra. Por esta misma razón, sin embargo, Funes es un idiota completo, un hombre inmovilizado por su incapacidad de seleccionar y descartar. Nosotros dependemos de nuestro subconsciente para olvidar. Si tenemos un problema, siempre podemos ir con un psicoanalista para recuperar cualesquiera recuerdos que habíamos descartado por error. Afortunadamente, el resto de ellos han sido eliminados. Un alma es la continuidad de esta memoria selectiva. Si todos tuviéramos un alma como la de Funes, careceríamos de ella.Una cultura opera en la misma forma. Sus paradigmas, que están hechos tanto de las cosas que hemos preservado como de nuestros tabús relativos a lo que hemos descartado, son el resultado de la compartición de estas enciclopedias personales. Es con el trasfondo de de esta enciclopedia colectiva como sostenemos nuestros debates. Para tener una discusión comprensible para todos debemos empezar desde los paradigmas existentes, aunque sea para demostrar que ya no son válidos. Sin su rechazo del paradigma ptoloméico entonces dominante, el argumento de Copérnico de que la Tierra gira en torno al sol hubiera sido incomprensible.

Hoy día el Internet es como Funes. Como una totalidad de contenido, no filtrada ni organizada, ofrece a cualquiera la capacidad de crear su propia enciclopedia o sistema de creencias. En tal contexto, una persona puede creer simultáneamente que el agua está compuesta por hidrógeno y oxígeno y que el sol gira en torno a la Tierra. Teóricamente, es concebible que algún día vivamos en un mundo en el que haya 7 mil millones de paradigmas diferentes, y en consecuencia la sociedad se vería reducida al diálogo fracturado de 7 mil millones de personas, todas hablando un lenguaje diferente.

Afortunadamente, esta idea es solamente hipotética, pero el argumento en sí es posible precisamente porque la comunidad científica depende de ideas comúnmente aceptadas, sabiendo que para desvirtuar un paradigma es necesario primero tener un paradigma al que desvirtuar. La defensa de estos paradigmas puede llevar al dogmatismo, pero el desarrollo de conocimiento nuevo está basado precisamente en esta contradicción. Para evitar conclusiones apresuradas, estoy de acuerdo con el científico citado en el artículo de Panebianco: “No lo sé. Es un fenómeno complejo; tendré que estudiarlo”.

  • Umberto Eco

lunes, 8 de febrero de 2010

Publico esta columna de William Ospina dada la importancia que tiene en lo que acontece hoy en Colombia, además porque es una columna excelente y, ella si, un análisis pedagógico de los hechos.

La contracultura del encubrimiento
Por: William Ospina
CUESTIONADO EN UN FORO DE LA Universidad Jorge Tadeo Lozano por su escandalosa propuesta de pagar a los estudiantes para que se conviertan en informantes de las Fuerzas Armadas, el presidente Álvaro Uribe respondió: “Yo sí prefiero tener un país con una cultura de cooperación con la Fuerza Pública, que un país con una contracultura de encubrimiento”.

Desafortunadamente, ese tipo de encuentros no permiten que los debates asuman sus verdaderas dimensiones, es fácil formular opiniones y juicios, pero es imposible ahondar en ellos, y con ocho años de práctica el presidente Uribe sabe ya que basta negar lo que el otro afirma, y cambiar de tema, para producir la sensación de que se ha respondido.

Si lo acusan de haber sostenido en el Departamento Administrativo de Seguridad a un funcionario que se alió con delincuentes y proporcionó información oficial para que se perpetraran crímenes, a Uribe le basta responder que en esos tiempos él creía en su inocencia; si lo acusan de tener como aliados suyos a gente vecina al narcotráfico, el Presidente cree que desmiente la acusación declarando que “él no tiene rabo de paja”; si le dicen que el Ejército ha asesinado inocentes con toda intención para presentarlos como terroristas dados de baja, el Presidente responde que alguien intenta calumniar a la Fuerza Pública; si le dicen que miembros del Ejército han asesinado a mansalva a campesinos de San José de Apartadó, él responde que las Fuerzas Armadas le han dicho que esos campesinos eran guerrilleros o colaboradores de la guerrilla (y ni siquiera se detiene en el hecho de que dos de las víctimas fueran menores de diez años); si le dicen que el Ejército ha bombardeado a una comunidad indígena y ha matado a tres personas, él responde que el Ejército tiene mucho cuidado de no hacer eso cuando bombardea objetivos.

Ni siquiera siente que haya que dar explicaciones. No parece preocuparle que el prestigio de nuestras Fuerzas Armadas se deteriore con cada justificación irresponsable, pero no debería ignorar que toda justificación de oficio por parte de los altos poderes equivale a una autorización.

El Presidente habla de una “cultura de cooperación con la Fuerza Pública”, pero no vacila en llamar así su propuesta de pagar a los estudiantes por convertirse en colaboradores y en denunciantes. Pero una verdadera cultura de cooperación con la justicia, para merecer ese nombre, requiere por parte de los ciudadanos un compromiso profundo con las instituciones (compromiso que no puede tener ese carácter mercenario) y también una confianza muy profunda en la transparencia de esas instituciones.

Y es allí donde las crecientes acusaciones de que el Estado cohonesta con el delito y con la corrupción, de que la Fuerza Pública comete delitos que deterioran su imagen y vulneran su credibilidad, de que hay funcionarios beneficiándose inmoralmente de las políticas públicas y de que el propio Presidente de la República se alza de hombros ante un cúmulo creciente de evidencias, alcanzan toda su gravedad.

El presidente Uribe esgrime como una prueba de su autoridad moral el haber sido capaz de extraditar a Estados Unidos a los jefes paramilitares. Con esa misma lógica podría asumir como prueba de su autoridad moral el haber extraditado al hombre que estafó a cientos de miles de inversionistas, que entregaron sus ahorros estimulados por el silencio cómplice de funcionarios de todos los niveles que no ignoraban la ilegalidad de aquel negocio y lo dejaron crecer por años. Pero ya muchos analistas han demostrado que esas polémicas extradiciones satisfacen a la justicia norteamericana a trueque de defraudar escandalosamente la nuestra. Esas extradiciones sólo demuestran que para nuestro gobierno el más grave delito de los paramilitares no fue haber asesinado a decenas de miles de colombianos, sino haber traficado con droga hacia el norte, y el más grave delito de David Murcia es la sospecha de haber lavado activos y no el haber arruinado a millones de colombianos. Qué extrañas pruebas de autoridad moral. Y qué débil resultaría esa defensa si hubiera de verdad un escenario donde se pudiera controvertir con argumentos y a fondo.

El Presidente llama “cultura de cooperación con la Fuerza Pública” a convertir a los estudiantes en delatores mercenarios, en un país donde, por ganar prebendas, hasta la Fuerza Pública ha visto vacilar sus principios, y miembros de ella han traicionado sus más sagrados deberes con la comunidad. Y habla con dedo acusador de una “contracultura del encubrimiento”. Pero quien tenga ojos para ver sentirá que más bien esa “contracultura del encubrimiento” parece estarse aclimatando en los más altos niveles del poder, allá donde alguna vez creímos que sólo llegaban las conciencias más respetables.

  • William Ospina

domingo, 22 de noviembre de 2009

LA ADOLESCENCIA

ESCRITO REFLEXIVO

JORGE ELIÉCER VILLARREAL FERNÁNDEZ

La adolescencia es una etapa de la vida de los seres humanos que ha venido recibiendo una carga negativa muy grande producto de los cambios que el adolescente muestra y que no son bien recibidos por los adultos por las características que estas transformaciones tienen y las actuaciones que causan.

Lo que se puede entender de manera inmediata es que adolescencia significa cambio y como todo cambio es un salto al vacío para quien lo da. Es un cambio hacia lo desconocido y sin quien, en muchas ocasiones, guie o por lo menos muestre el camino que se va a recorrer. Es dejar una situación, una vida, un paraíso, para asumir otras.

En esta medida hay que tener en cuenta que “toda vez que se renuncia a algo a cambio de otra cosa, toda vez que se está por transferir la pasión a otra persona, a otro dominio o a otro orden de la existencia estos hechos comienzan con alguna forma de violencia”[1]. Es análogo a la forma en que las revoluciones intentan transformar las sociedades iniciando con violencia, la cual puede ser desmedida en la medida en que los aspectos contradictorios de los cambios no se resuelvan, “la adolescencia constituye una conmoción del orden establecido a favor de una determinación apasionada de ideales nuevos y aun no probados”[2]. Son ideales nuevos, aún no probados, desconocidos, el vacío. En todo salto al vacío existe el miedo al fracaso, el miedo a quedarse solo en esa lucha, a ser abandonado por aquellos que pudieran haber iniciado la lucha a su lado.

Es por esto que la confianza queda relegada a quienes piensan igual, actúen igual y sean iguales, es decir a los probados, a los que sean capaces de asumir las consecuencias de este viaje sin poner peros a lo que se presente. Pero al poco tiempo cae la ilusión ya que nadie es igual, nadie actúa igual y mucho menos asumen las dificultades. Las opciones que se presentan para continuar la tarea son diversas, las distintas estrategias y tácticas permitidas empiezan a llamar a los guerreros a nuevos caminos, los cuales son asumidos según los intereses individuales. En esta lucha quien se desvía se relega, así que los relegados y abandonados comienzan a crecer y la vanguardia a disminuir convirtiéndose esta en lo mejor de lo mejor, y donde esta lo mejor puede comenzar a imperar la selección natural donde los débiles van cayendo dejando paso a los fuertes.

La lucha iniciada es prolongada, no es fácil adquirir nuevos modos de pensar, sentir e imaginar, mucho más si hay oposición de adultos, familia y sociedad para que esto se consiga, si se sigue permitiendo que ese cordón umbilical amarre a una infancia negada por ellos mismos y ya ida en el tiempo y el espacio. Pero tampoco da tiempo de espera ya que la vida viene implacable y exige que se hayan ganado batallas tan grandes como esta para poder tener el derecho a continuar el camino del sufrimiento permitido.

El adolescente busca un lugar en la sociedad, su lugar, el lugar donde sus ambiciones personales puedan concretarse, pero esta ambición se enfrenta al ofrecimiento social que busca que el adolescente se instaure dentro del orden establecido, donde los sueños a cumplir son los del tirano y donde el papel del joven es ayudar a cumplir estos sueños, los valores colectivos de la sociedad están basados únicamente en los objetivos del presente. El joven busca más de lo que ofrece la vida diaria, “buscan ideales o valores a los que puedan guardar fidelidad”[3], esto no lo encuentra en la sociedad, que lo que ofrece es mentira, desigualdad e injusticia. La sociedad ofrece al joven guerrero la oportunidad de instaurarse en ella “sin sufrimiento”, sin pensar en trivialidades e ideales imaginarios, mostrando caminos de goce sin límites sin explicarles que siempre existe “el peligro de caer más allá de los límites, para no regresar jamás”[4], pero este peligro existe y se cobra victimas diariamente.

Esta ilusión cobra muchas víctimas entre los jóvenes, quienes rehúyen la prueba de convertirse en adultos y se refugian en otras realidades o en la muerte, dulce descanso para el ser cansado de una búsqueda infructuosa. Pero, como en el análogo combate, de la memoria de cada víctima nacen nuevas ilusiones que iluminan el camino para los guerreros que siguen incansables.

La sociedad inventa el mundo que el adolescente quiere para preservarse ella misma. No quiere que las ideas liberadoras del joven vayan a entrar en las mentes alienadas de sus serviles.

La capacidad de imaginación del adolescente crea mundos nuevos, mundos posibles donde abandonarse a su vida, donde generar constantes transformaciones para todos que permitan desarrollar cada uno su individualidad en lo colectivo. Sus aliados pueden llegar a ser los seres que están próximos a abandonar su vida, aquellos que tienen aún fresco el fragor de luchas anteriores y la sangre de los que van cayendo aún mancha sus vestiduras.

Son los aliados que nadie quiere, los que todos serán pero nadie quiere llegar, pero que en estos momentos pueden encontrar motivos comunes para alianzas que permitan aprendizajes que van a ser parte de la munición necesaria para poder llevar su lucha a puntos más altos.

Después de la larga jornada, la definición de la revolución estará en las manos de cada uno, el vencido que hará parte de las víctimas; el que cree que venció pero, cumpliendo la etapa obligada de las rebeldías juveniles, se apresura a crecer, “para dejar atrás sus modos torpes y fastidiosos y convertirse en adultos, sin otra opción que la de someterse a la benevolente tiranía de la rutina”[5], al poco tiempo se dan cuenta del sometimiento a que han sido lanzados por sus sueños y buscan aferrarse a la seguridad de la vida diaria, “reservando algún tiempo para dedicarlo a las emociones excitantes”[6].

Y queda también el vencedor, el que sobrevive la prueba de convertirse en adulto, el que en un mundo de perspectivas estrechas fue capaz de encontrar un sentido de continuidad en su lucha, establece sus propias leyes que van a guiar su vida. La valoración al vencedor crece cuando se entiende que el logro se hizo sin ayuda alguna de convención formalizada y, con frecuencia, sin la guía y el apoyo de los adultos, a veces a pesar de ella.

El joven vencedor es portador de renovación cultural, sus ideas ahora llevadas por un adulto, quien si tiene una posición, hacen que se enriquezca una sociedad que sin estos impulsos caería en la inmovilidad, espacio propicio para tiranías e injusticias.

Los adolescentes pueden hacer posible que su modo de pensar sobreviva sobre toda la podredumbre que la sociedad está ofreciendo; siguen dejando legados que permiten avanzar hacia el esclarecimiento de la humanidad. Sus sueños, expectativas, ganas de transformación son el combustible que mueve la historia y la construcción de las sociedades. Para descargar este documento vaya a: http://www.scribd.com/doc/22867276/REFLEXION-ADOLESCENCIA-PSICOANALISIS

[1] Kaplan, Louse. Adolescencia. El adiós a la infancia. Pág. 281.

[2] Ibíd. Pág. 282.

[3] Ibíd. Pág. 287.

[4] Ibíd. Pág. 287.

[5] Ibíd. Pág. 389.

[6] Ibíd. Pág. 389.