domingo, 1 de enero de 2012

CULTURA


Por: William Ospina
HAY PERSONAS APARENTEMENTE ociosas que se fijan en cuánta agua de una bañera es desplazada por un cuerpo sólido que entra en ella.

Hubo quien frotando ramas por azar descubrió que era posible producir fuego. Hubo quien a partir de los diez dedos de sus manos concibió el sistema decimal. Y allí donde todo el mundo está habituado a ver que las manzanas caen de los árboles, algún día apareció alguien que se preguntó por qué caían.

Quizá no hay nada más provechoso en el mundo que la ociosa creatividad que no busca ser rentable, la libre meditación, el “conectar los puntos” como lo llamaba Steve Jobs, “la imaginación irresponsable” como la llamaba Jorge Luis Borges, la curiosidad, la percepción de los detalles y de los matices, las artes combinatorias, la sensibilidad que se deja herir por las formas del mundo y que produce de repente el lampo di genio de alguna síntesis benéfica.

Por ese camino la humanidad consiguió su poder sobre el fuego, descubrió la rueda y la palanca, halló los números y los alfabetos, inventó la medicina, dibujó las constelaciones, midió la Tierra, alcanzó la geometría y a través de ella obtuvo el estatuto básico de las ciencias. Por ese camino la humanidad pasó de los conjuros a los poemas, de las anécdotas a los relatos y a las novelas, del silbo del viento en las cañas a las sinfonías de Mahler, de la superstición a las religiones, de los cálculos al cálculo y de las explicaciones rudimentarias a los vastos sistemas filosóficos: de las discusiones en las esquinas de Atenas al “palacio de precisos cristales” de Kant, a la catedral espiritual de Hegel, al cosmos divino de Spinoza y a las exquisitas arquitecturas de Schopenhauer, donde todo está sostenido por todo.

Inventar la silla, la mesa, la almohada, la puerta, la ventana, la utilización del frío para conservar los alimentos o los diez pasos inauditos que llevan desde la siembra del café hasta la densa infusión del color de la noche; fingir el mundo en colores de aceite sobre un lienzo o con tinta sobre un papel, inventar el lienzo y el papel, llegar a los mapas y a los libros, a las oraciones y a los funerales, pasar de la balsa al trasatlántico, del dragón de papel a los transbordadores espaciales, de las danzas guerreras a los carnavales planetarios, es lo que llamamos la cultura. Y también es la cultura la conciencia lúcida que critica, el ciudadano indignado que reclama, el individuo que se sabe digno de heredar todas las conquistas de la civilización.

Ella nos ha traído desde esas incómodas cavernas hasta los salones iluminados de lámparas, con diálogo apacible, con licores y cenas, mirando la medida del tiempo en la muñeca, arrancando las hojas últimas de los calendarios y hablando de esas cosas impalpables y refinadas que son la felicidad y el futuro, con todos los verbos y las figuras gramaticales en regla, y con la certeza casi absoluta de que los proyectos bien concebidos se realizarán en esos tiempos hipotéticos.

Fue Paul Valery quien dijo que “el hombre es absurdo por lo que busca y es grande por lo que encuentra”. Fue Auden quien dijo que “el artesano sabe siempre qué tipo de objeto piensa elaborar y reproducir, en tanto que el artista sólo sabe lo que busca cuando lo encuentra”. Ello significa que para encontrar las cosas a menudo hay que avanzar a ciegas, presintiendo, intuyendo, equivocándose, recibiendo la memoria de las edades, dando pasos sobre las huellas de otros. Ello significa también que la primera vez, cuando el artesano hizo su invento, descubrió su diseño, era también un artista creador. Y que el artista, obedeciendo a leyes secretas, oye voces, sigue pálpitos, conecta puntos, y de viejos inventos obtiene nuevas conclusiones.

Tal vez por eso suena tan mal cuando los políticos llegan con el cuento de que la cultura debe ser rentable y autosostenible, y que todo invento es propiedad privada. Con los inventos de la cultura trabaja y es rentable toda la civilización. Nadie nos cobra por usar las cifras, las letras, las palabras, todavía no nos pasan la cuenta mensual los propietarios de la gramática por utilizar los verbos y los adjetivos, aunque, como van las cosas, eso ya llegará. Alguna multinacional ingeniosa aliada con algún gobierno corto de espíritu privatizará los grandes bienes universales de la cultura, como han privatizado las obras de Van Gogh, con las que él pagaba a duras penas su plato de sopa, para que sean ahora la imagen de las tarjetas de crédito; como quieren privatizar el agua, los secretos del cuerpo, el viento y las semillas.

Oscuros banqueros especulan, tortuosas corporaciones trafican, los Estados son saqueados sin escrúpulos, la tierra es objeto de valorizaciones y destinaciones ocultas, las burbujas financieras estallan, malos manejos y malos gobiernos precipitan a las sociedades en la recesión y en la crisis, el tesoro público se convierte en la tabla de salvación de los capitales privados, y llega por fin el infierno tan temido de las vacas flacas y ya no del recorte, sino de la mutilación de los presupuestos.

¿Recortarán por fin donde hace falta? ¿Controlarán la corrupción? ¿Mejorarán el recaudo fiscal? ¿Vigilarán las contrataciones, se abstendrán de guerras infames, de espionajes onerosos, de operaciones fraudulentas, harán que paguen por fin los responsables? Claro que no. Una vez más recortarán donde se recorta siempre, en la cultura, en la educación, en la justicia, el estímulo a la creatividad será el gasto inoficioso que hay que controlar.

Los mandatarios sólo deberían hacer lo que les mandemos. Pero ellos saben bien que, para ponerlos en su sitio, nada nos hace tanta falta como la cultura que nos recortan.

sábado, 24 de diciembre de 2011

LA IGUALDAD DE OPORTUNIDADES ES UNA FICCIÓN

El sociólogo francés, autor de Repensar la justicia social, afirma que los sistemas escolares tradicionales aumentan la inequidad, y propone una completa reforma educativa.



Cuando, hace diez años, François Dubet preguntaba a sus estudiantes en Francia dónde estaban las desigualdades sociales más graves, le respondían: "Entre los pobres; entre los obreros". Cuando pregunta eso hoy, no dudan: "Entre las mujeres, los inmigrantes, los jóvenes". La experiencia personal le sirve a este sociólogo francés para ilustrar un cambio contemporáneo en la concepción de la justicia social -de las reivindicaciones socioeconómicas a la lucha contra la discriminación- que, afirma, está profundizando las desigualdades. En Repensar la justicia social , que acaba de editar Siglo XXI, y que Dubet vino a presentar a la Feria del Libro, el autor critica el concepto de igualdad de oportunidades que impera hoy en el discurso hegemónico, como un modelo que, al promover el mérito como condición para ascender socialmente, transforma la sociedad en "muy violenta y muy poco solidaria". En cambio, se pronuncia a favor de la "igualdad de posiciones", que busca reducir las desigualdades en las condiciones de vida y acortar las brechas sociales y económicas, una idea que, afirma, podría ayudar a la "reconstrucción ideológica de la izquierda", al menos en su país.

Director de estudios de la Escuela de Altos Estudios en Ciencias Sociales de París, heredero de la sociología de Alain Touraine, Dubet es conocido por sus trabajos en el campo de la educación. "La justicia de un sistema escolar no está tanto en la cantidad de alumnos pobres que llegan a la elite, sino en la calidad de la escuela de los alumnos más débiles", afirma en diálogo con adn , y critica las políticas educativas de mirada corta. "Los países que tienen buenos resultados son los que han decidido reformar el sistema escolar completamente", asegura.

-Afirma en su libro que la igualdad de oportunidades descansa en una ficción.

-Decir que somos libres e iguales es una ficción, y la igualdad de oportunidades es indiscutiblemente una ficción. Es un principio de justicia que individualiza a los actores y pone a todos en competencia, y creo que no está bien construir una sociedad sobre un principio como ése. Además, el logro del mérito puede incrementar considerablemente las desigualdades sociales. En el fondo, el mérito no impide que los más ricos tengan todo y que estemos convencidos de que lo merecen, así como de que los pobres merecen la pobreza. Como estamos en una sociedad muy individualista, capitalista y liberal, el principio de la igualdad de oportunidades la transforma en muy desigual, muy violenta y muy poco solidaria. Hoy la concepción de las desigualdades sociales en Estados Unidos, Canadá y Europa está basada únicamente en la discriminación, es decir, en los obstáculos al mérito. Es verdad, pero no hay que olvidar que si un obrero está mal pagado no es porque no tenga mérito, sino porque está siendo explotado.

-¿Hay alguna manera, dentro del sistema capitalista en el que estamos, de encontrar un equilibrio entre la igualdad y el mérito?

-Es verdad que estamos dentro de una economía capitalista y en ella estaremos por un largo tiempo, pero el capitalismo no determina la sociedad como una fatalidad. Canadá y Estados Unidos tienen exactamente la misma economía capitalista, pero las desigualdades sociales son dos veces menores en Canadá que en Estados Unidos; la inseguridad no existe en Canadá; los canadienses gastan menos que Estados Unidos en la salud y tienen mejor servicio; la escuela canadiense es muy igualitaria, la escuela estadounidense no lo es en absoluto. Lo que nos quieren hacer creer los liberales, de un lado, y lo que en Francia se llama "la izquierda de la izquierda", por el otro, es que hay una fatalidad capitalista, pero la historia social muestra que no la hay. En el interior de las sociedades siempre hay capacidad de acción.

- ¿Qué le critica a la igualdad de oportunidades?

-En Europa y Estados Unidos hay un cambio de concepción de la justicia social. Cuando se piensan las desigualdades en términos de "patrón-obrero", se piensa en una desigualdad de posiciones sociales, pero cuando se razona "mujeres, jóvenes, inmigrantes", como ahora, se hace en términos de discriminación. Hemos luchado mucho contra la discriminación de las mujeres y hemos logrado que las mejores mujeres asciendan pero no hemos disminuido las desigualdades entre las posiciones sociales. Si yo quisiera realmente reducir las desigualdades entre mujeres y hombres, subiría los salarios de las cajeras de supermercados, que son puestos femeninos en general. Hay pocos puestos de jefe de Estado. Si la secretaria está bien pagada y nunca llega a gerenta, es menos grave que si está mal pagada y nunca alcanza un puesto gerencial.

-En general se afirma que la escuela puede cada vez menos reducir las desigualdades sociales, pero usted dice que las profundiza.

-Hay países como los escandinavos, los asiáticos, Canadá, en cierta medida Inglaterra, en los cuales la escuela reduce las desigualdades sociales. Y hay países en los cuales hay menos desigualdad en la escuela que en el resto de la sociedad. Varios factores lo explican. Primero, la repartición espacial de las desigualdades sociales. En las ciudades donde los ricos y los pobres viven separados, las desigualdades escolares prolongan las desigualdades sociales: los más ricos van a las mismas escuelas, lo mismo ocurre con los más pobres. Hay un factor político: los países que más reducen las desigualdades sociales tienen una escuela común, no selectiva, entre los 5 y los 16 años. Y el tercer factor es que cuanto más decisivo es el rol de los diplomas en el acceso al empleo, más fuertes son la competencia social y las desigualdades escolares. Las buenas escuelas son las que dedican más esfuerzo a los alumnos con más dificultades. La justicia de un sistema escolar no está tanto en la cantidad de alumnos pobres que llegan a la elite, sino en la calidad de la escuela de los alumnos más débiles. La verdadera dificultad hoy es tener una pedagogía individualizada. Los países con mejores resultados escolares son aquellos donde los docentes consideran que la igualdad social no es contradictoria con la individualización de los alumnos. Y los alumnos que no han tenido éxito en la escuela deben poder beneficiarse con otros tipos de formación. Cuando yo era chico, la escuela les decía a los hijos de obreros que probablemente iban a ser obreros, pero que la condición obrera iba a mejorar. Hoy se les dice que la situación obrera es mala; que si tienen méritos, saldrán de ella, pero si no los tienen, peor para ellos.

-Hoy hay un grave problema de deserción, sobre todo en la escuela media.

-En todo el mundo.

-Y hay quienes se preguntan por qué los chicos volverían a la misma escuela que abandonaron si no se generan condiciones para que regresen.

-Creo que el problema de la deserción, sobre todo en chicos a partir de los 12 o 13 años, debe hacer pensar por qué la cultura escolar parece no interesar a los alumnos, por qué sienten que pueden acceder a mucha información por sí solos. La escuela en este sentido es como la religión: ha perdido poder de seducción. Por otra parte, estamos en una sociedad que les dice a los alumnos que la escuela es indispensable para tener éxito en la vida, y en cuanto un número de estudiantes entienden que no van a lograrlo, no les interesa ir. Creo que hay que repensar completamente la escuela porque, al menos en Francia, se ha transformado en un espacio de competencia por tener trabajo. Hay dos peligros: el primero es decir que, ya que la sociedad es desigual, capitalista, egoísta, no hay nada que se pueda mejorar en la escuela, y la segunda es imaginar que la escuela puede resolverlo todo. Pero hay escuelas mejores que otras. Y no es solamente una cuestión de recursos.

-Aquí se destina mucho dinero para educación, pero los resultados no parecen acompañar esa inversión.

-En Francia se ha dado mucho dinero para educación y los resultados no son buenos, porque hemos retrasado la formación de los docentes y hemos perdido el coraje de hacer reformas. Los países que obtienen buenos resultados son los que han decidido reformar el sistema escolar. Hace treinta años ni los países escandinavos, ni Canadá, ni Inglaterra tenían buenos resultados, y empezaron de nuevo. Hace falta inteligencia, capacidad política y un Estado capaz de hacerlo. Sacar a los mejores alumnos de un barrio pobre y mandarlos a una buena escuela hace que las condiciones sociales se degraden, porque en el barrio pobre sólo quedan los peores alumnos. Se le hace justicia a un individuo, pero la justicia individual se vuelve una injusticia colectiva, porque se incrementan las distancias.

-La salvación individual no es la salvación colectiva, como usted escribió.

-Exacto. Hay que razonar como se hacía hace un siglo con la tuberculosis. La vencimos con vacunas pero fundamentalmente con agua corriente, buena alimentación, mejoras en las condiciones de la gente. Hoy vuelve la tuberculosis porque las condiciones de vida se degradan. Y creo que los gobiernos han renunciado a reparar eso. En Francia, al menos, la gente ya no cree que se pueda mejorar la sociedad, sino sólo el destino de aquellos que lo merecen.




Por Raquel San Martín
LA NACION