miércoles, 2 de mayo de 2012

LA MISIÓN PRINCIPAL DE LA ESCUELA YA NO ES ENSEÑAR COSAS


Entrevista a Francisco Tonucci
Diario La Nación

"La misión de la escuela ya no es enseñar cosas. Eso lo hace mejor la TV o Internet." La definición, llamada a suscitar una fuerte polémica, es del reconocido pedagogo italiano Francesco Tonucci. Pero si la escuela ya no tiene que enseñar, ¿cuál es su misión? "Debe ser el lugar donde los chicos aprendan a manejar y usar bien las nuevas tecnologías, donde se transmita un método de trabajo e investigación científica, se fomente el conocimiento crítico y se aprenda a cooperar y trabajar en equipo", responde.

Para Tonucci, de 68 años, nacido en Fano y radicado en Roma, el colegio no debe asumir un papel absorbente en la vida de los chicos. Por eso discrepa de los que defienden el doble turno escolar. "Necesitamos de los niños para salvar nuestros colegios", explica Tonucci, licenciado en Pedagogía en Milán, investigador, dibujante y autor de Con ojos de niño, La ciudad de los niños y Cuando los niños dicen ¡Basta!, entre otros libros que han dejado huella en docentes y padres. Tonucci llegó a la Argentina por 15a. vez, invitado por el gobernador de Santa Fe, Hermes Binner, a quien definió como "un lujo de gobernante".
Dialogó con LA NACION sobre lo que realmente importa a la hora de formar a los más chicos y dejó varias lecciones, que muchos maestros podrían anotar para poner en marcha a partir del próximo ciclo escolar.

Propuso, en primer lugar, que los maestros aprendan a escuchar lo que dicen los niños; que se basen en el conocimiento que ellos traen de sus experiencias infantiles para empezar a dar clase. "No hay que considerar a los adultos como propietarios de la verdad que anuncian desde una tarima", explicó.

Recomendó que "las escuelas sean bellas, con jardines, huertas donde los chicos puedan jugar y pasear tranquilos; y no con patios enormes y juegos uniformes que no sugieren nada más que descarga explosiva para niños sobreexigidos".

Y que los maestros no llenen de contenidos a sus estudiantes, sino que escuchen lo que ellos ya saben, y que propongan métodos interesantes para discutir el conocimiento que ellos traen de sus casas, de Internet, de los documentales televisivos. "¡Que se acaben los deberes! Que la escuela sepa que no tiene el derecho de ocupar toda la vida de los niños. Que se les dé el tiempo para jugar. Y mucho", es parte de su decálogo.

De hablar pausado y de pensamiento agudo, Tonucci transmite la imagen de un padre, un abuelo, un educador que aprendió a ver la vida desde la perspectiva de los niños. Y recorre el mundo pidiendo a gritos a políticos y dirigentes que respeten la voz de los más pequeños.

-¿Cómo concibe usted una buena escuela?
-La escuela debe hacerse cargo de las bases culturales de los chicos. Antes de ponerse a enseñar contenidos, debería pensarse a sí misma como un lugar que ofrezca una propuesta rica: un espacio placentero donde se escuche música en los recreos, que esté inundado de arte; donde se les lean a los chicos durante quince minutos libros cultos para que tomen contacto con la emoción de la lectura. Los niños no son sacos vacíos que hay que "llenar" porque no saben nada. Los maestros deben valorar el conocimiento, la historia familiar que cada pequeño de seis años trae consigo.

-¿Cómo se deberían transmitir los conocimientos?
-En realidad, los conocimientos ya están en medio de nosotros: en los documentales, en Internet, en los libros. El colegio debe enseñar utilizando un método científico. No creo en la postura dogmática de la maestra que tiene el saber y que lo transmite desde una tarima o un pizarrón mientras los alumnos (los que no saben nada), anotan y escuchan mudos y aburridos. El niño aprende a callarse y se calla toda la vida. Pierde curiosidad y actitud crítica.

-¿Qué recomienda?
-Me imagino aulas sin pupitres, con mesas alrededor de las cuales se sientan todos: alumnos y docentes. Y donde todos juntos apoyan, en el centro, sus conocimientos, que son contradictorios, se hacen preguntas y avanzan en la búsqueda de la verdad. Que no es única ni inamovible.

-¿Cuál es rol del maestro?
-El de un facilitador, un adulto que escuche y proponga métodos y experiencias interesantes de aprendizaje. Generalmente los pequeños no están acostumbrados a compartir sus opiniones, a decir lo que no les gusta. Los docentes deberían tener una actitud de curiosidad frente a lo que los alumnos saben y quieren. Les pediría a los maestros que invitaran a los niños a llevar su mundo dentro del colegio, que les permitieran traer sus canicas, sus animalitos, todo lo que hace a su vida infantil. Y que juntos salieran a explorar el afuera.

-Varias veces usted ha dicho que la escuela no se relaciona con la vida. ¿Por qué?
-Porque propone conocimientos inútiles que nada tienen que ver con el mundo que rodea al niño. Y con razón éstos se aburren. Hoy no es necesario estudiar historia de los antepasados, sino la actual. Hay que pedirles a los alumnos que se conecten con su microhistoria familiar, la historia de su barrio. Que traigan el periódico al aula y se estudie sobre la base de cuestiones que tienen que ver con el aquí y ahora. Esto los ayudará a interesarse luego por culturas más lejanas y entrar en contacto con ellas.

-¿Cómo se puede motivar a los alumnos frente a los atractivos avances de la tecnología: el chat, el teléfono celular, los juegos de la computadora, el iPod, la play station?
-El colegio no debe competir con instrumentos mucho más ricos y capaces. No debe pensar que su papel es enseñar cosas. Esto lo hace mejor la TV o Internet. La escuela debe ser el lugar donde se aprenda a manejar y utilizar bien esta tecnología, donde se trasmita un método de trabajo e investigación científica, se fomente el conocimiento crítico y se aprenda a cooperar y trabajar en equipo.

-¿Es positiva la doble escolaridad?
- En Italia llamamos a este fenómeno "escuelas de tiempo pleno". La pregunta que me surge es: ¿pleno de qué? Esta es la cuestión. La escuela está asumiendo un papel demasiado absorbente en la vida de los niños. No debe invadir todo su tiempo. La tarea escolar, por ejemplo, no tiene ningún valor pedagógico. No sirve ni para profundizar ni para recuperar conocimientos. Hay que darles tiempo a los niños. La Convención de los Derechos del Niño les reconoce a ellos dos derechos: a instruirse y a jugar. Deberíamos defender el derecho al juego hasta considerarlo un deber.

domingo, 1 de enero de 2012

CULTURA


Por: William Ospina
HAY PERSONAS APARENTEMENTE ociosas que se fijan en cuánta agua de una bañera es desplazada por un cuerpo sólido que entra en ella.

Hubo quien frotando ramas por azar descubrió que era posible producir fuego. Hubo quien a partir de los diez dedos de sus manos concibió el sistema decimal. Y allí donde todo el mundo está habituado a ver que las manzanas caen de los árboles, algún día apareció alguien que se preguntó por qué caían.

Quizá no hay nada más provechoso en el mundo que la ociosa creatividad que no busca ser rentable, la libre meditación, el “conectar los puntos” como lo llamaba Steve Jobs, “la imaginación irresponsable” como la llamaba Jorge Luis Borges, la curiosidad, la percepción de los detalles y de los matices, las artes combinatorias, la sensibilidad que se deja herir por las formas del mundo y que produce de repente el lampo di genio de alguna síntesis benéfica.

Por ese camino la humanidad consiguió su poder sobre el fuego, descubrió la rueda y la palanca, halló los números y los alfabetos, inventó la medicina, dibujó las constelaciones, midió la Tierra, alcanzó la geometría y a través de ella obtuvo el estatuto básico de las ciencias. Por ese camino la humanidad pasó de los conjuros a los poemas, de las anécdotas a los relatos y a las novelas, del silbo del viento en las cañas a las sinfonías de Mahler, de la superstición a las religiones, de los cálculos al cálculo y de las explicaciones rudimentarias a los vastos sistemas filosóficos: de las discusiones en las esquinas de Atenas al “palacio de precisos cristales” de Kant, a la catedral espiritual de Hegel, al cosmos divino de Spinoza y a las exquisitas arquitecturas de Schopenhauer, donde todo está sostenido por todo.

Inventar la silla, la mesa, la almohada, la puerta, la ventana, la utilización del frío para conservar los alimentos o los diez pasos inauditos que llevan desde la siembra del café hasta la densa infusión del color de la noche; fingir el mundo en colores de aceite sobre un lienzo o con tinta sobre un papel, inventar el lienzo y el papel, llegar a los mapas y a los libros, a las oraciones y a los funerales, pasar de la balsa al trasatlántico, del dragón de papel a los transbordadores espaciales, de las danzas guerreras a los carnavales planetarios, es lo que llamamos la cultura. Y también es la cultura la conciencia lúcida que critica, el ciudadano indignado que reclama, el individuo que se sabe digno de heredar todas las conquistas de la civilización.

Ella nos ha traído desde esas incómodas cavernas hasta los salones iluminados de lámparas, con diálogo apacible, con licores y cenas, mirando la medida del tiempo en la muñeca, arrancando las hojas últimas de los calendarios y hablando de esas cosas impalpables y refinadas que son la felicidad y el futuro, con todos los verbos y las figuras gramaticales en regla, y con la certeza casi absoluta de que los proyectos bien concebidos se realizarán en esos tiempos hipotéticos.

Fue Paul Valery quien dijo que “el hombre es absurdo por lo que busca y es grande por lo que encuentra”. Fue Auden quien dijo que “el artesano sabe siempre qué tipo de objeto piensa elaborar y reproducir, en tanto que el artista sólo sabe lo que busca cuando lo encuentra”. Ello significa que para encontrar las cosas a menudo hay que avanzar a ciegas, presintiendo, intuyendo, equivocándose, recibiendo la memoria de las edades, dando pasos sobre las huellas de otros. Ello significa también que la primera vez, cuando el artesano hizo su invento, descubrió su diseño, era también un artista creador. Y que el artista, obedeciendo a leyes secretas, oye voces, sigue pálpitos, conecta puntos, y de viejos inventos obtiene nuevas conclusiones.

Tal vez por eso suena tan mal cuando los políticos llegan con el cuento de que la cultura debe ser rentable y autosostenible, y que todo invento es propiedad privada. Con los inventos de la cultura trabaja y es rentable toda la civilización. Nadie nos cobra por usar las cifras, las letras, las palabras, todavía no nos pasan la cuenta mensual los propietarios de la gramática por utilizar los verbos y los adjetivos, aunque, como van las cosas, eso ya llegará. Alguna multinacional ingeniosa aliada con algún gobierno corto de espíritu privatizará los grandes bienes universales de la cultura, como han privatizado las obras de Van Gogh, con las que él pagaba a duras penas su plato de sopa, para que sean ahora la imagen de las tarjetas de crédito; como quieren privatizar el agua, los secretos del cuerpo, el viento y las semillas.

Oscuros banqueros especulan, tortuosas corporaciones trafican, los Estados son saqueados sin escrúpulos, la tierra es objeto de valorizaciones y destinaciones ocultas, las burbujas financieras estallan, malos manejos y malos gobiernos precipitan a las sociedades en la recesión y en la crisis, el tesoro público se convierte en la tabla de salvación de los capitales privados, y llega por fin el infierno tan temido de las vacas flacas y ya no del recorte, sino de la mutilación de los presupuestos.

¿Recortarán por fin donde hace falta? ¿Controlarán la corrupción? ¿Mejorarán el recaudo fiscal? ¿Vigilarán las contrataciones, se abstendrán de guerras infames, de espionajes onerosos, de operaciones fraudulentas, harán que paguen por fin los responsables? Claro que no. Una vez más recortarán donde se recorta siempre, en la cultura, en la educación, en la justicia, el estímulo a la creatividad será el gasto inoficioso que hay que controlar.

Los mandatarios sólo deberían hacer lo que les mandemos. Pero ellos saben bien que, para ponerlos en su sitio, nada nos hace tanta falta como la cultura que nos recortan.