El alcalde de Medellín ha puesto a la ciudad a hablar de olas. Anunció el “Gran Parque Medellín” con mar y playa, un complejo que se levantaría alrededor del Aeroparque Juan Pablo II y que, según la propia Alcaldía y el INDER, sería gratuito, sumaría 39 disciplinas deportivas y se entregaría en 2027. La cifra que circula: cerca de $195.000 millones.
El gesto es eficaz políticamente: una promesa luminosa, fácil de explicar, que se ve bien en video y que crea la ilusión de solucionar de un brochazo el viejo chiste de que a Medellín “solo le falta el mar”. Pero no es un chiste que, mientras discutimos renders y palmeras, el sistema educativo del Distrito tenga urgencias que no caben en un carrusel de redes: calidad pedagógica en el aula, infraestructura digna, acompañamiento socioemocional, jornada efectiva, alimentación escolar de calidad y que llegue a tiempo y equipos que enciendan. Eso es lo que cambia destinos; no un oleaje artificial.
La administración presume un esfuerzo grande en educación para 2025: aproximadamente $2 billones de presupuesto; metas de mejoras en 421 sedes y 9 megacolegios. También reporta 112 colegios intervenidos por $95.000 millones en lo corrido del año. Aun así, en demasiadas instituciones siguen faltando techos que no goteen, baños que funcionen, aulas que no se inunden y conectividad que no sea una promesa. La calidad —esa palabra incómoda que no se reduce a un número— se construye en silencio: con maestros formados, permanencia escolar, materiales, comedores y tiempo pedagógico protegido. Ninguna de esas cosas se arregla con un mar de 12.000 m².
Aquí el punto no es “parques vs. escuelas” como si se tratara de dos bandos. El punto es prioridad pública en una coyuntura donde cada peso cuesta: ¿qué compra Medellín con $195.000 millones? Con ese orden de magnitud, la propia Alcaldía mejoró 112 colegios este año; con otro tanto, podría acelerar reparaciones críticas en comedores, laboratorios, techos y patios de juego en barrios donde enseñar duele por la precariedad. En términos de calidad —la que vive el estudiante, no la que dice un informe— un baño que sirve y un aula fresca valen más que una ola perfecta.
El alcalde se ha defendido diciendo que “nada más democrático que el espacio público” y preguntando cuánta gente de Medellín no ha tocado una playa. La frase es hábil y conmovedora, pero confunde derecho con espectáculo. Democrático es que todas las niñas y niños coman en el colegio, que el profe tenga condiciones para enseñar, que la biblioteca esté abierta, que el barrio tenga un parque cerca sin que el consumo de drogas lo inunde y que el traslado no se coma la tarde. Un mar céntrico y vistoso no compensa la desigualdad territorial del espacio público ni sustituye la inversión silenciosa que sostiene la calidad educativa.
Además, el proyecto llega cuando la ciudad aún prueba su músculo para garantizar lo básico: hace unos días 1,5 millones de personas vivieron cortes de agua por obras en La Ayurá; fue un mantenimiento necesario, sí, pero un recordatorio contundente de que el glamour siempre depende de los cimientos. Si Medellín quiere “ser mar”, que primero sea escuela sólida.
Lo preocupante no es solo el costo de entrada. Es el costo de operación de una infraestructura acuática de esta escala —energía, químicos, personal, seguridad, mantenimiento— que, si no queda blindado, terminará disputando presupuesto con lo cotidiano: reparación de sedes, dotación, transporte escolar, programas de convivencia. La política del render es adictiva: inaugura rápido, factura popularidad y deja a los siguientes pagando la factura.
Mientras tanto, la conversación pública se desliza hacia la espuma —cuántos metros cuadrados de agua, cuántas tumbonas— y se aleja de lo que sí define la vida de una generación: ¿cómo formamos a los docentes nuevos?, ¿qué hacemos con la salud mental en la escuela?, ¿por qué tardan las reparaciones?, ¿qué pasa con la lectura, la escritura, la ciencia y las artes en jornada?, ¿dónde están los bibliotecarios, los orientadores, los mediadores? La calidad educativa es un ecosistema, no un show.
Por eso, desde aquí, no se pide “conciliar” ni “darle una oportunidad al proyecto”. Se pide seriedad. Medellín puede y debe tener mejores parques —en los barrios primero—, pero no puede darse el lujo de relegar lo esencial que ocurre de lunes a viernes, entre primera y sexta hora. Si hay 195.000 millones disponibles para un mar, hay 195.000 millones que podrían elevar, de inmediato, las condiciones para aprender y enseñar donde más falta hacen.
El mar puede esperar; la calidad educativa no. Y, si la apuesta del alcalde es seguir surfeando en la ola del impacto comunicacional, que no nos sorprenda ver más palmeras en los renders y menos techos arreglados en las aulas.
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